«Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe» 

— Apocalipsis 2:13

Confesar a Cristo es esencial para la salvación eterna del alma, por tanto, es necesario entender de qué trata la confesión bíblica.

No trata de confesar nuestros pecados a alguien llamado «cura» o ‘sacerdote», sino de confesar nuestra fe en Jesús, es decir, lo que hemos creído acerca de Jesús conforme a su evangelio.

El apóstol Pablo lo explicó de la siguiente manera:

«que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación

— Romanos 10:9-10 

¿Pudo notar, pues, de qué trata la confesión bíblica que salva? ¡Así es! Trata de fe (Heb 11.6)es decir, de creer de todo corazón en el evangelio de Jesús. Que Cristo fue crucificado por nuestros pecados, que fue sepultado, y que resucitó de entre los muertos al tercer día, conforme a las Escrituras (1Cor 15:3-4).

La resurrección de Cristo es la evidencia divina y prueba irrefutable más poderosa de que Jesucristo es el Hijo de Dios (Jua 5:18). El apóstol Pablo, hablando del Señor Jesucristo, dijo: «que fue declarado Hijo de Dios con poder […] por la resurrección de entre los muertos« (Rom 1:4). En Hechos 17:31 encontramos el mismo énfasis, diciendo que Dios ha dado fe, testimonio o evidencia, a TODOS de que Cristo es el Señor supremo, con haberle levantado de los muertos, haciendo alusión a la realidad del juicio final y la autoridad que tendrá su Hijo en aquel día para juzgar a los vivos y a los muertos (2Tim 4:1).

¡Dios, pues, ha presentado las pruebas necesarias para que «toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.» (Filipenses 2:11)!

Así que, después de nosotros haber oído el evangelio de Jesús (1Cor 15:3-4), creído en él de todo corazón (Rom 10:17), arrepentido de nuestros pecados por el amor de Cristo (2Cor 5:14), antes ser bautizados, necesitamos confesar a Jesús abiertamente. Es decir, delante de otros, pues se requiere por voluntad divina que nuestra fe sea notoria delante de los hombres, que sea una fe publica y no secreta (Mat 10:32,33), para mostrar a Dios que no nos avergonzamos de ser cristianos (Cfr. 1Ped 4:16).

«Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.» 

— Marcos 8:38

El contraste que hace el Señor Jesús entre la opinión de «los hombres» y la de Dios, tiene razón de ser. Porque es normal (desde el punto de vida humano «del yo»), que en esta vida sintamos la necesidad de luchar por conseguir la aprobación de las demás personas en relación a lo que somos y hacemos. Pero, la realidad es que, este tipo de necesidades están basadas en el egoísmo y la vana gloria de la vida, y no en una verdadera necesidad de ser aprobados por Dios y no por el hombre. Como el mismo Señor Jesús dijo: «Gloria de los hombres no recibo (Jua 5:41). Y uno de sus apóstoles inspirados también lo confirmó: «Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo.» Gálatas 1:10.

La opinión de los hombres o el intentar a agradar al mundo antes que a Dios, siempre va a influir en nuestro patrón de conducta y respuesta al llamado del Señor. Agradar a los hombres será siempre una piedra de tropiezo para cualquier persona que quiera hacer la voluntad de Dios. El apóstol Juan nos relata que en los tiempos que el Señor Jesús vivió sobre la tierra, «muchos creyeron en él; pero a causa de los fariseos NO LO CONFESABAN, para no ser expulsados de la sinagoga. porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.» (Jua 12:42-43) [Énfasis añadido].

Tristemente en aquellos judíos pudieron más sus intereses personales y la vana necesidad de ser aprobados por los hombres que agradar al único Dios verdadero. Dice la Escritura que ellos «creyeron en Jesús» Pero ¿qué les faltó? Pues les faltó creer en Él de todo corazón. Lo cual implica estar dispuestos a sufrir hasta las últimas consecuencias con tal de agradar a Dios y exaltar el buen nombre de Cristo en este mundo ajeno a la voluntad de Dios (Cfr. 2Tim 2:12).

Entonces, no debemos sentir vergüenza de manifestar nuestra fe en el Señor Jesús a otros (Cfr. 2Tim 1:8). Pues la confesión de nuestra fe, en palabra y hechos, está íntima y estrechamente ligada a creer de todo corazón en Jesús a través de su evangelio (Rom 10:9-10) ¡Es allí que está el poder en la fe que vence al mundo (1 Juan 5:4)! «Porque no me avergüenzo del evangelioporque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego.» Romanos 1:16.

Finalmente, las Escritura nos relatan la emocionante historia de un varón de Etiopía, eunuco, al cual un predicador en el siglo I d.C., le anuncio el evangelio de Jesús (Hch 8:35), «Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?» (8:36). Sin duda, esta es una pregunta que debiera retumbar en la conciencia de cada persona en esa misma nestasta condición espiritual delante de Dios. Aquél varón ya había oído la palabra de verdad, el evangelio de Jesús. Entendió que debía morir con Cristo y ser sepultado en agua para una vida nueva con Dios (2Cor 5:17Rom 6:3-4) pero, había algo que, a este hombre en particular, le podía llegar a impedir dar ese importantísimo paso. ¿Qué era eso? «Felipe (le) dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo (él), dijo (CONFESÓ): Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.» Hechos 8:37 (Paréntesis mío).

«Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino.» 

— Hechos 8:38-39

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Publicado por Luis Palacios

"En lo que requiere diligencia, no perezoso; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor" (Ro 12:11)

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