«Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.»
— Marcos 16:15-16

El bautismo mandado por el Señor Jesús, directamente desde el cielo (cfr. Mat 21:25), después de haber resucitado de entre los muertos, tiene características especiales y espirituales que lo hacen diferente de cualquier otro acto de bautismo no autorizado por Dios bajo el nuevo pacto.
La palabra bautismo (gr. baptizo de bapto) significa: «lavar» o «sumergir». En el contexto del bautismo mandado por el Señor Jesús es precisamente inmersión, es decir, introducción completa de un cuerpo en un líquido. En este caso, el elemento o líquido físico que se usa para el bautismo bíblico es el «agua«, literal, como lo veremos en seguida.
El apóstol Pablo en la carta a los Efesios 4:5 nos enseña que sólo hay «un bautismo« (singular), refiriéndose al bautismo que AHORA NOS SALVA (1Ped 3:21). Este bautismo es el que aún hasta nuestros días continua vigente, a través del nuevo pacto hecho en la sangre de Jesucristo para perdón de los pecados (Mat 26:28).
Aquél bautismo es llevado a cabo en agua («descendieron ambos al agua […] y le bautizó.», Hch 8:38; «¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados […]?» Hch 10:47). Es por eso que, el apóstol Pedro en su segunda carta enfatizó el agua como el medio por el cual Noé y su familia fueron salvos en los días del diluvio universal (2Ped 3:20), diciendo:
«Y esa agua representaba a la que ahora usamos para el bautismo, por medio del cual Dios nos salva. El bautismo verdadero no es para limpiar nuestro cuerpo, sino para pedirle a Dios que nos limpie de pecado, para que no nos sintamos culpables de nada. Y Dios nos salva por medio del bautismo porque Jesucristo resucitó.»
— 2Pedro 3:21 (TLA)
Ser bautizado no trata de una limpieza física como el curarse de una enfermedad infecciosa del cuerpo, la lepra, el sarampión, el sida, etc., sino de una limpieza espiritual, pues el pecado llega a ser una enfermedad o mancha en el alma, que no se ve pero que es real.
¡Aunque el acto del bautismo en sí es físico, sus efectos de pureza sobre la vida espiritual del pecador arrepentido son profundamente reales ante Dios, si ha creído en él verdadero evangelio!
Así que, habiendo hasta aquí identificado el tipo de bautismo mandado por el Señor Jesús, a saber, bautismo en agua, literal y no místico ni simbólico, sobre la base de su glorioso evangelio (su muerte, sepultura y resurrección), es necesario que notemos a continuación algunos de los propósitos espirituales de este requisito esencial para la salvación del alma (Mar 16:16).
Lo primero que debe llamar nuestra atención al llegar a este punto del plan de salvación es que, este mandamiento: el bautismo, es una ordenanza dada directamente por el mismo Señor Jesús, lo cual, elimina la posibilidad de negar los propósitos divinos de este requisito indispensable para nuestra salvación; a menos que, no nos importe en absoluto desechar las palabras del Señor Jesucristo (Jua 12:48) y aceptar a su vez la de los hombres (Mat 15:9).
En Marcos 16:16 el Señor Jesús establece el bautismo en agua como requisito esencial para salvación. Dice la Escritura: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo». No dice el texto: «el que creyere será salvo, y luego sea bautizado»; sino «el que creyere y fuere bautizado; entonces y solo entonces, será salvo«. ¡Es cuestión de sumar y no de restar o dividir! Dice Salmos 119:160: : «La suma de tu palabra es verdad«.
Entonces, dado que, el Señor Jesús une el bautismo con el creer como actos indispensable e inseparables el uno del otro, y los coloca en el mismo grado de necesidad para que así el pecador alcance el perdón de sus pecados, no debemos, pues, nosotros intentar cambiar ese plan divino (Gál 1:8-9).
Dicho esto, notemos que, las Escrituras mismas revelan que la fe en sí misma como un simple estado mental inactivo no puede salvarnos: «Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras (es decir, por su obediencia completa a los mandamientos de Dios), y no solamente por la fe.» Santiago 2:24 (paréntesis añadidos).
Esta verdad, es ilustrada por el Espíritu Santo en Hechos 16:30-34. En este relato, hubo un hombre llamado «el carcelero de Filipo», quien preguntó a los apóstoles, en el versículo 30: «¿Qué debo hacer para ser salvo?«, a lo cuál ellos, Pablo y Silas, respondieron (v.31): «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.».
Es natural que, cualquiera que lea el pasado texto bíblico solo hasta allí, seguramente pensará que lo único que esta persona necesitaba HACER para ser salvo era creer y nada más. Pero, al seguir leyendo esta maravillosa historia, nos damos cuenta que no fue así, sino que la expresión: «creer en el Señor Jesucristo para ser salvo», en este contexto, se refiere a la obediencia completa al evangelio, cumpliendo con todos los mandamientos expresados por Dios para el pecador que anhele ser salvo. Por consiguiente dicen los versículos 32-33 de nuestra historia que: «le hablaron la palabra del Señor a él (al carcelero) y a todos los que estaban en su casa. Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche (a los apóstoles), les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos.» (Paréntesis mío).
Es interesante notar también la URGENCIA que denota la acción del carcelero y su familia para obedecer el mandamiento de ser bautizados en aquella misma hora, esto es, AL INSTANTE, después de haber oído y creído el evangelio del Señor Jesucristo, lo cual implica que la predicación del verdadero evangelio incluye el bautismo como parte integral del plan de salvación establecido por Dios para que el hombre vea la urgencia en lavar sus pecados pasados y así seguir a Cristo, reconciliándose con Dios (véase Hechos 8:35, 36).
Finalmente, sella el versículo 34 de esta bella historia de salvación, hablando acerca del carcelero, una vez que fue bautizado, dice: «Y llevándolos a su casa (a los apóstoles), les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios«. (Paréntesis mío).
¡El acto del bautismo es la evidencia perfecta que demuestra y produce el tan grande gozo de haber creído de todo corazón el mensaje de Jesucristo!
Es decir, el bautismo bíblico está íntimamente ligado a una fe activa que agrada y busca a Dios (Heb 11:6). Porque «el creer» que nos salva no significa «creer solamente» o tener fe en cualquier cosa, sino creer el evangelio revelado por el Espíritu Santo a los apóstoles del siglo I, d.C. (1Ped 1:12).
Dice Marcos 16:15: «Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad (¿Que cosa?) el evangelio a toda criatura.» (paréntesis mío). Por tanto, si somos sumergidos en agua sin haber creído el verdadero evangelio (Gál 1:9), lamentablemente es necesario que seamos bautizados nuevamente bajo la enseñanza correcta del evangelio en la autoridad del Señor Jesús (véase Hechos 19:1-5).
La enseñanza del evangelio pues, contiene los acontecimientos históricos, fundamentales y divinos en relación a la persona de Jesucristo, los cuales debemos creer de todo corazón antes de ser bautizados, para luego al ser sumergidos en agua recibamos por la fe que es Cristo Jesús: la salvación camino a la vida eterna (1Cor 15:3-4).

Es en el bautismo del nuevo pacto cuando nos unimos a Cristo para participar en la semejanza de su muerte, sepultura y resurrección. Dijo el apóstol Pablo en la carta a los Romanos 6:3-4, NVI: «3¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte?». Es obvio que sí. Los cristianos en Roma a los cuales el apóstol escribió, siendo pecadores en su vida pasada, necesitaron ser bautizados en una tumba de agua para participar en Cristo, de su muerte, sepultura y resurrección. . «4Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.»
La expresión «muerte», en este contexto, indica departe de nosotros «morir al pecado», en otras palabras «arrepentirnos». Por tanto, después de creer el evangelio, y antes de ser bautizados, también es necesario renunciar al pecado que nos ha separado de Dios (Isaías 59:1-2). Tal cual el apóstol Pedro manda a los judíos de su tiempo, en el día que se predicó el evangelio por primera vez, los cuales reconocieron su culpabilidad en la crucifixión del Señor Jesucristo, como lo expresa Hechos 2:38:
«Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.»
— Hechos 2:38
No dice el texto: «Arrepentíos para perdón de los pecados, y luego bautícese»; sino «arrepentíos y bautícese … PARA PERDÓN DE LOS PECADOS«.
Hemos vuelto a ver en esta misma lección, como con el «creer» una unión inseparable e indispensable, pero esta vez entre «el arrepentimiento y el bautismo», para el propósito divino de Dios otorgar el perdón de los pecados al pecador (valga la redundancia) que ha creído en la doctrina o la enseñanza correcta del evangelio con todo su corazón.
«Pero gracias a Dios, que aunque ustedes eran esclavos del pecado, se hicieron obedientes de corazón a aquella forma de doctrina a la que fueron entregados, y habiendo sido libertados del pecado, ustedes se han hecho siervos de la justicia.»
— Romanos 6:17-18 (NBLA)

El bautismo en Cristo marca el inicio de una nueva vida legítimamente agradable ante los ojos de Dios. Por tanto, ¡Nadie podrá participar de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo Jesús sin el bautismo que Jesús manda, ni mucho menos tener verdadera vida nueva delante de Dios! (véase Col 2:12). Porque al ser bautizados en Cristo nos revestimos de Él con el propósito de convertirnos oficialmente en hijos adoptivos de Dios por la fe en Jesús (Gál 3:26, 27; cfr. Jua 1:12).
Además, es precisamente en en el acto del bautismo cuando el pecador arrepentido invoca o proclama públicamente el nombre del Señor para salvación (véase Romanos 10:9-13) «porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.» (v.13).
Tales también fueron las palabras de exhortación dadas por el predicador Ananías a Saulo, Pablo de Tarso, después de que éste último reconociera sus pecados delante de Dios. Le dijo, pues, Ananías:
«Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.»
— Hechos 22:26
«Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.»
— Hechos 2:41
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